Salida de Campo

 TRAVESÍA EN LA FALDA DE UNA MONTAÑA


Creo que la costumbre es el látigo invisible que castiga al ser humano volviéndolo insensible y conformista. Esta manera habitual en la que actuamos ha permeado muchos aspectos de nuestra cotidianidad y, en esta introducción, resaltaré uno al que me aferraba con fuerza por una ignorancia ciega. No tengo claro el número de veces que he viajado, tanto dentro como fuera de mi país, y aunque sé que no ha sido tanto como desde mi niñez soñaba, es suficiente para poder llegar a una conclusión: me cansé de viajar. Me cansé, según la RAE, de solo trasladarme de un lugar a otro, como por inercia. Normalicé, durante muchos años de mi vida, lo que conocemos culturalmente los colombianos como un viaje cómodo, tranquilo e incluso lujoso. Pensé que comprar unos tiquetes a un precio elevado, hospedarme en un hotel de cinco estrellas con todo incluido, caminar tan solo cinco minutos a la playa o dos pasos a la piscina eran sinónimos de una travesía maravillosa en la que iba a conocer a profundidad cada destino. ¡Qué gran error! Lo bueno: tengo 20 años y aún puedo darme una segunda oportunidad, aún puedo enmendar mi error. Lo malo: planeé este viaje con cuatro meses de anticipación y todos los días, hasta en el que por fin llegué al aeropuerto, me parecieron eternos.

Sí, se que el viaje lo planeé mucho tiempo antes de que el profesor Juan Sebastián Cobos nos diera la información acerca de la futura salida de campo que debíamos realizar, pero después de haber pensado en muchas otras opciones, que para mí resultaban interesantes, me di cuenta de que mi próximo destino no iba a ser un viaje común y corriente, iba a ser una aventura, un suceso extraño y nada frecuente en mi vida, ya que por fin iba a salir de aquella zona de confort. Así pues, desde el papel de investigadora etnográfica, tomé la decisión de analizar el modo de vida, la cultura de los samarios, de aquellos costeños que constantemente son perseguidos por los prejuicios.

Como mencioné anteriormente, este viaje me empujó por completo hacia fuera de mi zona de confort. Aunque viajé con mi pareja, y eso me daba seguridad, sabía que desde el viernes 8 de abril de 2022 al martes 12 de abril del mismo año iba, por fin, a reventar aquellas cadenas forjadas a punta de conformismos e ignorancia.

Ninguno de mis viajes había empezado en un Transmilenio, pues siempre un carro o un taxi me esperaban a mí y a mi equipaje con las puertas abiertas.
Al llegar a la estación sentí miradas extrañas y, aunque ya se aproximaba semana santa, el cansancio y la preocupación de los transeúntes se hacía evidente en sus rostros. Imagino que fue extraño para ellos, como lo era para mí, encontrarse en el camino a una loca con maletas que en un silencio ensordecedor gritaban: “¡Vacaciones!”.

Después de un trayecto aproximado de una hora y cuarenta minutos, en Transmilenio y un alimentador, logré atravesar la ciudad, del Portal de la 170 al Aeropuerto Internacional El Dorado Luis Carlos Galán Sarmiento. Allí, ya en compañía de mi pareja, la emoción se apoderó de mi cuerpo y de mi mente, y empecé a divagar como no lo había hecho en los cuatro meses anteriores al viaje.

A las 8:55 p.m., mientras abordábamos el avión, surgieron diversas preguntas en mi mente: ¿Cómo será Santa Marta? ¿Qué tan caliente será? ¿Habré llevado ropa suficiente y será la correcta? ¿No se me quedó nada en la casa? ¿Llegaremos a salvo? ¿Todo estará bien “cuadrado” en el avión? ¿Cómo será el estilo de vida de los samarios? ¿Escucharé por las calles mucha champeta y vallenato? ¿En todas las casas habrá por lo menos una mecedora y un par de cervezas en la nevera? ¿A qué olerán sus calles? ¿Habrá mucha inseguridad? ¿Qué tal será la comida y la sazón?

Estas y muchas otras dudas llegaron sin un botón de freno, solo logré despejarlas a medida que fui empapándome de todo lo que aquella tierra me ofreció.

Una ola de calor caribeño se apoderó de mi ser al salir del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar a las 10:50 p.m., y por fin sentí aquel olor a mar que tanto anhelaban mis pulmones.

Habíamos acordado que por la hora de llegada tomaríamos un taxi, el único del viaje, para que nos transportara del aeropuerto a nuestro hostal: Cacao Hostel. Al intentar coger este medio de transporte, a mis oídos llegaron una infinidad de risas y chistes de algunos conductores de buses y taxis. También, mis ojos percibieron sonrisas y facciones de esperanza en aquellos rostros de los nuevos visitantes que con los brazos abiertos recibía esta ciudad.

Después de un largo rato de espera, pudimos abordar nuestro taxi. Amablemente el conductor recibió nuestro equipaje y nos dio la bienvenida. Al interior del carro mi cuerpo volvió a experimentar el frío al que tanto ha estado acostumbrada, los bogotanos, probablemente, saben a qué me refiero. Inmediatamente pensé en los largos trayectos que deben recorrer estas personas bajo el inclemente sol a unas temperaturas aproximadas de 24oC a 33oC.

Canciones de vallenato, como Prisionero de amor del cantante Farid Ortiz, y de champeta, como La Voladora de El Sayayin, hicieron de mi trayecto de media hora (Figura 1) un recorrido agradable e incentivaron, levemente, el movimiento de mis hombros y caderas.




Figura 1: Trayecto del Aeropuerto al Hostal 
Fuente: Google Maps

Las canciones que mencioné anteriormente no fueron las únicas que motivaron mi interior caribeño, pues a lo largo del camino distintos estaderos llamaban mi atención. Estos peculiares lugares, adornados con coloridos murales y poseedores de enormes parlantes que reproducen música a todo volumen, según nuestro conductor, son la representación más pura de aquellas tradiciones musicales que espera nunca desaparezcan.

Antes de iniciar con la descripción detallada de esta travesía etnográfica, es válido aclarar que todos los recorridos, para un mejor reconocimiento de la zona y de las personas que allí habitan, se realizaron en el transporte público de la ciudad (SETP – Figura 2), caminando o en mototaxi, un reconocido medio informal de transporte (Figura 3).

También, en las siguientes narraciones no busco ilustrar en la mente de mis lectores los sitios turísticos que visité; por el contrario, busco relatar descriptivamente las costumbres y la manera de vivir que caracteriza a los habitantes de cada zona para así lograr encontrar similitudes y diferencias, que espero compartir asertivamente en las conclusiones.


Figura 2

Fuentehttps://setpsantamarta.gov.co/que-es-setp/sistema-estrategico-de-transporte/


Figura 3 

Fuente: Las2orillas.co


Sábado 9 de abril de 2022
Destinos: 
Taganga (ruta en la figura 4) y Centro Histórico de Santa Marta (ruta en la figura 5)

Figura 4: Ruta hacia Taganga 

Fuente: Google Maps


Figura 5: Ruta hacia el Centro Histórico 

Fuente: Google Maps


Por la cercanía que había entre el hostal y Taganga, decidimos empezar nuestro día a las 7:00 a.m. Después de desayunar, nos dirigimos hacia una calle cercana a el Mercado Público de Santa Marta. Allí esperamos unos 30 minutos aproximadamente y, al darnos cuenta de que el bus no pasaba, le pedimos a tres transeúntes indicaciones. Desafortunadamente, dos de ellos nos dieron información insuficiente. Sus respuestas a la pregunta ¿Esta es la ubicación correcta para tomar el bus de Taganga?” Fueron: “Sí, aquí está bien” y “Sí”. Aunque en sus facciones no mostraron rechazo, sus respuestas fueron breves y lastimosamente incorrectas. Sin embargo, el último peatón nos brindó más información acertada al mencionar: “Buenos

días, muchachos. Sí, esta es la ubicación correcta, pero no el carril. Tienen que pasar la calle, por allá pasa”.

Al lograr tomar el bus, mis ojos evidenciaron que adentro dos parejas de extranjeros resaltaban entre los demás usuarios. Esto, pues no pensé que desde mi primer trayecto en bus encontrara a extranjeros utilizando el transporte público de una ciudad desconocida, mientras muchos samarios preferían tomar taxis o mototaxis.

Supimos que habíamos llegado a nuestro destino, pues la pareja que se encontraba detrás de nosotros, con un acento peculiar, exclamaron: “¡La playa, la playa!

Al asomarme por la venta, pude observar un bello mar que cobijaba a una infinidad de canoas y lanchas. Al instante recordé que, por una breve investigación previa, el lugar que estaba a punto de conocer es reconocido por ser un pueblo de pescadores descendientes del grupo indígena Tayrona. Analicé que unas estaban en mejores condiciones que otras, que en unas eran evidentes el uso y en otras el abandono.

Durante un trayecto aproximado de 4 kilómetros a lo largo de la bahía (Figura 6), de Playa Grande y de la Playa Sisiguaca, fueron evidentes cuatro cosas:

  • De un pueblo de pescadores, Taganga empezó a ser entendido como un reconocido sitio turístico, tanto para turistas nacionales como extranjeros. La variedad de rostros, acentos y vestimentas fue evidente en cada una de sus calles cercanas a la playa. Al adentrarnos entre las veredas, menos turistas veíamos.

  • En las tres playas que visitamos, muchos samarios dueños de restaurantes nos llamaban con insistencia y nos abordaban mencionando con un tono de súplica: “Coman aquí, muchachos. Aquí es bueno. Y, si nos compran, les damos gratis las sillas de la playa”. Desafortunadamente, al preguntar el precio de los platos en cinco restaurantes, el precio nunca bajó de los $30.000 pesos colombianos. Esto fue algo que llamó mi atención, pues las porciones de comida no eran grandes y el tamaño de los pescados no era el que esperaría una persona en un pueblo pescador.

  • El trato de los habitantes de este corregimiento hacia los turistas se enfoca en el comercio. La mayoría de las personas nos abordaban ofreciendo productos, tours, jugos naturales y gafas para el sol. Aunque fueron muy pocas las ocasiones en las que encontré grupos de pescadores, llamó mi atención el alto tono de voz en el que hablaban, las carcajadas que llegaban a mis oídos como consecuencias de relatos pintorescos, y una que otra champeta y vallenato de fondo.

  • Noté que los turistas extranjeros caminaban silenciosamente, enfocados en cada paso que daban y en los paisajes que los rodeaban. Por el contrario, los turistas nacionales acompañaban sus caminatas con parlantes portátiles a todo volumen y, no se enfocaban tanto en los paisajes, sino en algún familiar que habían extraviado en el camino.

    Figura 6: Distancia recorrida en el corregimiento de Taganga

    Fuente: Google Maps 



    Caminando por el Centro Histórico: 

     

     

    A las 5:45 p.m., después de llegar de Taganga, nos dirigimos hacia el Centro Histórico de la ciudad. No sé si es común entre los viajeros, pero allí esperaba encontrar una colección de sabores y sonidos típicos de la zona; sin embrago, me llevé una gran sorpresa. La música electrónica, los artesanos extranjeros, y los restaurantes que ofrecían comida internacional se apoderaron del lugar. En el Parque de los Novios, a unos pocos metros de aquella calle, encontré a algunos samarios sentados en las bancas, ubicadas cerca de un pequeño mercado de artesanías y dulces locales, observando el festival diverso frente a sus ojos. 

    Allí, me empecé a fijar en la vestimenta de las personas, tanto nativas como extranjeras. Por la hora y, estimo, la ubicación, tanto mujeres como hombres lucían sus mejores prendas coloridas. 

    Dos señores samarios llamaron mi atención, pues el color blanco en sus prendas relucía entre la multitud, hasta que a lo lejos divisé un grupo musical, vestidos también de blanco y con una pañoleta roja en sus cuellos. Aquellos músicos empezaron a soplar las gaitas y las flautas de millo, a tocar el tambor mayor y el alegre. Automáticamente, como si se tratara de un imán, las personas se fueron acercando para escuchar con más nitidez aquel sonido caribeño y comenzaron, con sutileza, a mover los hombros y las caderas. La cumbia, el bullerengue y la puya, por fin, me hicieron pasar el mal trago de la electrónica y el reggaetón escuchados unas cuadras atrás. 

    Me pareció peculiar que la interpretación de estos artistas, que llevan en las venas sangre musical ancestral, enriqueció el ambiente de movimientos, ojos abiertos y atentos, sentimientos nacionalistas, y felicidad. De un pasaje turístico, aquel sector se convirtió en una fiesta para todos los transeúntes. 

     


     

    Domingo 10 de abril de 2022

    Destino: Minca 


    Figura 7: Ruta hacia Minca

    Fuente: Google Maps 


    Minca, reconocida por ser la capital ecológica, es un corregimiento de Santa Marta ubicado en las faldas de la Sierra Nevada. Escogimos visitar este destino, pues allí se encuentra un atractivo turístico denominado Pozo Azul, el cual es un valle arbolado con múltiples cascadas, piscinas naturales y senderos deslumbrantes. 

     

    Intencionalmente agendamos realizar nuestra visita el domingo, ya que mi objetivo era evaluar el comportamiento de los turistas con respecto a las maneras en las cuales tienden a transportarse para llegar a este tipo de sitios. Sabíamos que para llegar a los Pozos Azules había varias opciones. En primer lugar, se debe llegar a Minca en bus o en carro particular; allí, se puede tomar un mototaxi, que te deja en la entrada de estos pozos, o se puede realizar una caminata de 1 hora y 16 minutos, aproximadamente, por senderos rodeados de naturaleza (Figura 8).  


    Figura 8: Recorrido del corregimiento de Minca a Pozos Azules.

    Fuente: Google Maps

    Desde el inicio de la caminata estaba expectante, pues quería observar cuántas y qué tipo de personas preferían caminar esta larga distancia y no tomar el otro medio de transporte disponible. Para mi sorpresa no me encontré con ningún turista nacional durante los 4,3 km de recorrido. En el camino abundaban estadounidenses, franceses e ingleses, pero brilló por su ausencia el viajero colombiano. 

     

    Al llegar, y tal cual suponía, por la facilidad de acceso que ofrecen las motos, los pozos estaban llenos (Figura 9), pero no por extranjeros, pues estos decidieron seguir caminando hasta Marinca, un destino cercano. 

     

    En esta formación natural enclavada en aquellas montañas, el sonido de la caída del agua fue ocultado por los sonidos fuertes y variados que provenían de los bafles, que parece ahora son un miembro más de la familia. También, escuché una infinidad de gritos y exclamaciones peculiares. No puedo omitir mencionar que mientras caminábamos los únicos sonidos que percibieron nuestros oídos fueron los que nos ofrece la madre naturaleza; no escuché ni a Bad Bunny ni a Darío Gómez. 

     

    En el trayecto de regreso percibí lo mismo que conté líneas arriba. 


    Figura 9: Pozo Azul





    Lunes 11 de abril de 2022

    Destino: Parque Nacional Natural Tayrona (Figura 10)


    Figura 10: Ruta hacia el Parque Tayrona

    Fuente: Google Maps 

     

     

    Este parque rico en fauna, flora e historia es un área en el que se encuentran ruinas arqueológicas que denotan la existencia de asentamientos humanos de la tribu ancestral Tayrona, habitantes de esta región desde épocas precolombinas hasta la colonización. En la actualidad se encuentra habitada por la tribu Kogui, descendientes de los Tayrona. 

     

    En este destino turístico, realizamos el recorrido a pie desde la entrada del parque hasta la playa conocida como Cabo San Juan.  El tiempo de recorrido es de un aproximado de dos horas ida y dos de regreso. En aquellas cuatro horas de reconocimiento del lugar encontré tres aspectos fundamentales: 

     

    1.     De una coincidencia, el comportamiento de los turistas nacionales se convirtió en un patrón. La mayoría de estos decidieron llegar en lacha, que desde Santa Marta hasta Cabo San Juan tiene un costo de $50.000 pesos colombianos por trayecto. Y, por supuesto, arribaron con sus característicos parlantes. 

     

    2.     Precio de los almuerzos: en el único restaurante, que se encuentra entre las playas de Arrecifes y Cabo San Juan, los precios de los almuerzos oscilan entre los $35.000 y $70.000 pesos colombianos, obligando a los visitantes a consumir sí o sí en aquel lugar. Además, recuerdo que el precio de una Coca-Cola en lata y una botella de agua de 500ml tuvieron un costo de $10.000 pesos. De ahí que los precios en los destinos más turísticos de Santa Marta son demasiado elevados y, aún más, teniendo en cuenta las cantidades de las porciones.

     

     

    3.     Poca presencia y apoyo a la tribu Kogui: durante el trayecto de cuatro horas de duración, solo nos encontramos a 5 jóvenes de la tribu Kogui que, en medio de un manglar y sin un local establecido, como con el que otros vendedores contaban, nos ofrecieron la famosa agua de coco a un precio muy económico. De inmediato analicé su situación y el estado de corrupción que, aunque a simple vista no es notorio, está lamentablemente presente. ¿A dónde irán las ganancias de aquel restaurante costoso y de los demás puestos comerciales que se encuentran en el parque? ¿Quién gozará de esas ganancias? ¿Tendrán un fin social? ¿Tendrán en cuenta a esta comunidad que, a simple vista, parecen olvidados por la inmensidad del mar?



     

     

     

    Martes 12 de abril de 2022

    Destino: Galería Comercial del Mercado Público de Santa Marta 



    Figura 11: Ruta hacia la plaza de mercado

    Fuente: Google Maps 

     

    ¡Que vivan los sentidos! Mis ojos, mis oídos, mi olfato, mi gusto y mi tacto estuvieron en una completa fiesta. 

     

    4:00 a.m. Ya todos los trabajadores de la plaza se encontraban atendiendo sus negocios, algunos en locales y otros en carretillas. La diversidad, el olor y la cantidad de frutas y verduras era asombroso. 

    Aunque a la hora en la que decidimos llegar a la plaza no había muchos compradores, dos vendedores nos comentaron que la plaza cobraba vida a partir de las 3:00 a.m. Me impresionó que era poco el cansancio que se hacía evidente en sus rostros, por el contrario, se notaban ansiosos de recibir a sus clientes y reunir, con esfuerzo, las ganancias del día. 

     

    Constantemente escuchaba frases como: “¡Aguacate, sabroso y maduro!”, “¡Lleve el chopo!”, “Patilla, patilla”, “Ajá, vale mía”, “Ajá, y tú qué”. 

     

    Noté que todos aquellos seres trabajadores que se encontraban en la zona se trataban como familia. Los de las carretillas de frutas y verduras no dudaban al momento de alzar su mano y saludar eufóricamente a cada vendedor que veían a su paso. De igual manera, los de los locales se paraban en la entrada de sus puertas a observar y contemplar el bullicio con alegría, mientras recibían a algún cliente. 

     

    En aquel lugar sentí una felicidad inexplicable, creo que la energía de estas personas es contagiosa. También, por culpa de lo que estaban percibiendo mis ojos y nariz, empecé a sentir un hambre voraz. Me emocioné, pues a lo lejos divisamos una mesa de fritos. Estas mesas son el sueño de todo transeúnte samario hambriento. En una esquina, y en su mayoría mujeres, les ofrecen a los seres en pena una variedad de frituras y jugos recién hechos. Las carimañolas, las arepas de dulce, las arepas de sal, el jugo de corozo, el jugo de tamarindo y el de níspero esperan pacientemente ser consumidos. 

    Aunque soy vegana, pude degustar una arepa de dulce (panela, harina y anís) y una arepa de sal (harina y sal) rellenas del guiso que utilizan para hacer los huevos pericos. Mi pareja se comió dos arepa e’ huevo con dos deliciosos vasos de jugo de corozo. 

     

    Con el estómago lleno y el corazón contento, caminamos en dirección a la edificación representativa del mercado: la Plaza del Mercado Público (Figura 12).



    Figura 12: Plaza del Mercado Público de Santa Marta.


     

    Al llegar a aquel establecimiento, y como si no nos hubiera bastado con las arepas, le compramos a un señor, de unos 70 años, un bollo limpio, y a una señora, que se encontraba junto a él, un bollo e’ yuca. 

     

    En el primer piso se encuentra toda la sección de carnes; en el segundo piso, al subir unas rampas, el sector de frutas, verduras y locales con los famosos “corrientazos”. Me pareció peculiar que muchos vendedores sintonizaban su estación de radio favorita en pequeños radios que cuidaban como a sus propios hijos, pues según nos comentó Ignacio, uno de los expendedores de verduras, “la música es una fiel compañera y alegra la jornada laboral”. 

     

    En esta visita no vi a muchos turistas, ni nacionales ni extranjeros. Por fin mis ojos captaron los comportamientos de una gran variedad de samarios y aledaños. Vale la pena recalcar que, como anteriormente mencioné, todo el ambiente irradiaba familiaridad, amistad y despreocupación. Fueron muy pocas las personas que en su rostro cargaban el peso del cansancio o del estrés de la mera existencia. 

     

     

     

    CONCLUSIONES

     

    No puedo negar que disfruté con todo mi ser cada gota de mar que toco mi cuerpo y cada gota de sudor que bajaba por mi frente como consecuencia de aquel sol caribeño y de las largas caminatas, pero tampoco puedo dejar a un lado y desvalorar mi gran interés y compromiso por conocer y tratar de entender a profundidad aquella cultura de la cual una cantidad de prejuicios habían llegado a mis oídos. 

     

    Considero relevante citar a René Descartes, debido a que en la siguiente frase logra resumir mi trabajo de campo: “Los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado”. 

     

    Finalmente, y recogiendo las piezas del rompecabezas que encontré en esta travesía, llegué a la conclusión de que hay patrones culturales que están profundamente arraigados a las personas y que hay características específicas que permiten su fácil identificación. Me di cuenta de que la calidad de vida no solamente depende de lo físico, de nuestros bienes materiales, sino que nosotros somos los principales creadores de nuestra realidad y somos los artífices de otorgarle diversos significados, tanto positivos como negativos. Por último, resalto el castigo que nuestra cotidianidad y falta de acción le aplica a las minorías; conscientemente construimos aquellos muros que tanto criticamos entre la ciudad y el campo, entre la ciudad y el mar, entre la ciudad y el manglar, entre la ciudad y la montaña.

     









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